Vergüenza


Algo de mí murió con Hildra, la elefanta que nació en 1964 a millones de kilómetros de nuestro país –en la India– y que falleció de forma trágica la semana pasada sobre una carretera de México al ser atropellada por un autobús de pasajeros. El chofer, quedó prensado entre los hierros retorcidos.

El paquidermo, atracción de un circo, escapó de su cuidador a la medianoche, supuestamente, asustada por un gato que pasó entre sus piernas; derribó la puerta de la jaula donde se encontraba, y corrió atravesando por lo menos 2 colonias habitadas antes de salir a carretera y encontrarse con su muerte.

Tal vez nadie pueda imaginar el susto del chofer y los pasajeros, cuando en medio de aquella poco afortunada noche, la elefanta les salió al paso. ¿Qué hacía un animal de tales dimensiones en medio de la carretera de una zona urbana?

La elefanta Hildra actuó durante muchos años en el circo Unión. Era una más de las atracciones junto con otros animales. Semanas atrás, por su edad, la habían retirado y recluido en unas bodegas del circo de donde escapó.

Los dueños del circo no hicieron declaración alguna, y cuando enterraron al paquidermo, nadie, ni un payaso, ni el domador, ni una trapecista, acudió a despedirse de quien actuara con ellos en innumerables noches de malabarismo, risa y aplauso. El cadáver de Hildra fue arrojado a una fosa.

Algo sucedió en mí después de la noticia. ¿Qué pudo haber detonado la muerte de una elefanta que nunca conocí? Por días, con el ánimo entumecido, intenté comprender qué ocurría.

Viajaba el sábado por la noche cuando una vaca apareció de pronto en la carretera. Unas cuatro personas intentaban regresarla al monte entre gritos y ademanes. La vaca, asustada, corrió cerca del vehículo, se orilló en brusco movimiento, y cayó a una zanja. Por la oscuridad no se pudo ver más.

Hildra regresó al pensamiento. La muerte de la elefanta dejó al relieve la vulnerabilidad en que se encuentran cientos de animales que son utilizados ya sea por gustos excéntricos –los que forman parte de una colección– hasta otros que reciben maltrato en nombre del entretenimiento como los circos, zoológicos y la tauromaquia.

Es desconcertante mirar cómo, incluso, el maltrato hacia los animales se vuelve objeto de absurda diversión. La poca fortuna que representa mirar a un grupo de jóvenes divirtiéndose con una iguana a la que tienen amarrada por la cola, y a la cual hacen girar estrellándola contra las paredes, los árboles y el piso.

Un profesor me contó la ocasión cuando en el salón de clases, unos estudiantes veían un video a través de un celular. El profesor no pudo evitar el desconcierto al saber que el video trataba de un grupo de jóvenes arrastrando a un perro amarrado a la defensa de un auto.

Es indignante mirar, también, aquellos automovilistas que aceleran cuando un gato o un perro se atraviesan en la calle, intentando atropellarlos. Es igual de inhumano que darle muerte a un toro, luego del puyazo y las banderillas.

Escribe el poeta Felipe Koh Canul, un poema titulado In alak´ peek´(Mi perro). Transcribo en español: Sak se portó mal / y lo castigué. / Pasado unos minutos, / regresó junto a mí, / agachó sus orejas / y me lamió las manos. / En silencio, / me hice esta pregunta: / ¿quién lo dotó / de estos dones / del olvido y del perdón?|/ Sentí vergüenza / ante mi perro.

La muerte de Hildra deja una absoluta vergüenza por la humanidad.

Manuel J. Tejada Loría

Septiembre de 2008

(4 meses antes)

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