Nadie escucha


Se puede comprender que llegue fin de año y todos depositen la esperanza e incluso la voluntad en los primeros minutos del 2010, como si las horas que restan ya fuera tiempo perdido. Se puede comprender que aguinaldos y ahorros se gasten en intercambios de regalos, cenas y palabras baladíes. Incluso que después del incremento a la gasolina todo suba de precio: la tortilla, el pan, la leche, el cereal, la ansiedad sobre todo.

Hasta entiendo que el trabajo mismo sea visto con desagrado y mal gusto por las horas que implica de nuestras vidas, los bajos salarios y por la cosificación que a la larga se vive al estar metido en algo que no siempre es de nuestro beneplácito. Lo que no entiendo, algo que intento desentrañar pero se ha vuelto tarea imposible, es ese fatídico desprecio que impera hacia el trabajo de los otros.

He conocido “críticos” contumaces de los llamados “viene viene” o “cuida coches”. Afirman, antes que nada, que lo que realizan ni siquiera es un trabajo, que su función no es indispensable, que en el fondo es otra manera de pedir caridad. Legítimo o no, estas personas diariamente se levantan para ir hacia la calle habitual donde cuidan los autos (bien o mal, no se juzga) por una moneda. Es la manera como se ganan la vida, su forma de conseguir el alimento en vez de robar, secuestrar o vender droga. Pero son criticados, señalados, discriminados.

Es el mismo caso de las prostitutas quienes muchas veces son vistas como verdaderas “gozadoras del sexo” y estuvieran ahí por el deleite de follar tantas veces el cuerpo aguante. Nadie parece percatarse que en el fondo, es también una manera de obtener sustento, aunque dinero fácil no es.

Hay otros niveles de desprecio: al médico, al ingeniero o al abogado se le trata diferente que al conserje, al afanador o al vigilante ¿por qué? ¿cuál es esa raíz que hace que el trato no sea el mismo cuando cada quien realiza una función distinta? Dentro del mismo ámbito profesional también existe otro tipo de discriminación: el de los sueldos, como si la remuneración marcara cuál de los trabajos fuera el más importante.

Si dentro de los trabajos “legítimos” existen tales prejuicios, para quien ejerce oficios lejos de lo convencional está más que condenado, refundido a ser objeto de escarnio. Tal es el caso de quien hoy se dedica a la escritura. Ser escritor es algo impensable en pleno siglo XXI, incluso irrisorio. Nadie está dispuesto a concederle a un escritor un ápice de razón y mucho menos un crédito financiero. Quién se proclame poeta ha de estar bien loco. Lo terrible es que en la postrimería del 2009 aún persisten estas conductas sociales.

¿Qué cambio político puede pedirse cuando el problema sigue aquí entre nosotros, ya sea en casa o en el trabajo, en nuestros círculos primarios de socialización? ¿Cómo dialogar si por cartas de presentación se tiene el desprecio y miles de prejuicios? ¿Cómo pensar en un bienestar económico o en un país próspero cuando se trabaja a regañadientes y con un descomunal desgano? ¿Por qué seguir escribiendo cuando ya nadie escucha?

Manuel J. Tejada Loría

Enero 2010

Anuncios

¿Qué piensas? Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s