Que se mueran los gordos


Se habló anteriormente de la anorexia y la bulimia, del peligro que representa no comer o provocarse para inducir el vómito y no tener nada en el estómago, pero también hay que decir que del lado opuesto, la obesidad acecha sin escrúpulo alguno y que va acompañada casi siempre de doña diabetes, de la presión que sube más de la normal y de don colesterol.

Pero qué incomprensible es que los gordos corran verdadero peligro, si se ven siempre tan simpáticos, sonriendo y gozando de esta vida como si de un suculento plato se tratara. Quién se imagina que por sus arterias circula la dificultad o el desdén de lo que en aromas y sabor son paraíso, pero que en números y estadísticas son el infierno mismo, la intranquilidad de los sepulcros.

Si antes se pensó que la gordura era símbolo de salud y buenaventura, hoy sabemos que un obeso es todo lo contrario y que en cualquier momento el corazón le estalla, si no antes el colon, si no antes se asfixia porque intentó amarrarse los cordones. Sea como sea, los gorditos (hay que ser “considerados”) son la comidilla segura en cualquier sitio (escuela, centro de trabajo, club deportivo) y siempre su figura será fuente de los epítetos más extraordinarios que sobre el planeta existan. Los moneros, por ejemplo, son tan felices con Carstens.

Nada más alejado de un estilo de vida que la obesidad. Nadie por gusto o por voluntad, estoy seguro, es gordo y se divierte. En este mundo diseñado para los flacos y las tallas medianas hay menos cabida para un extra large. No se hable de los nuevos diseños en muebles, con sillas cada vez más sicodélicas en los cafés donde no hay lugar ni para media nalga de alguien con más de cien kilos de peso. Y la discriminación continúa y se acrecienta.

En la actualidad las empresas solicitan personal que no se desborde en los uniformes de trabajo. Como evidencia ahí están los avisos oportunos en la sección de empleo: “Se solicita gerente para almacén, título, idiomas, indispensable talla 3 o 5”. Qué trágico discurso: no importa el esfuerzo de haber estudiado, de obtener el título, de saber más idiomas: si tienes sobrepeso, mejor vende salchichas.

La obesidad es una enfermedad mortal y hay que estar alertas. No podemos discriminar a los gordos por divertirnos a la ligera porque sería como burlarse de un calvo que tiene cáncer. Tampoco se puede seguir permitiendo los malos hábitos alimenticios. Hablan los número rojos: en menos de diez años, más del 90% de los mexicanos serán obesos. Hoy, de cada diez, más de la mitad tienen sobrepeso. En los últimos lustros han aparecido más tiendas de ropa exclusiva para gordos; los grandes almacenes cuentan ya con un departamento específico. La obesidad es un negocio grande redituable, y sin ofender, muy redondo.

¿Qué está sucediendo? ¿Acaso la creciente obesidad es síntoma de un problema mayúsculo?  Creo que no hay que pensarle mucho, ésta es la hermosa modernidad de nuestros días. Y mientras tanto, en los cuatro puntos cardinales de la ciudad van apareciendo más comercios de comida rápida: hamburguesas con doble carne y tocino, pizzas de chocolate (aunque usted no lo crea), tacos rellenos de queso crema, burritos de arrachera, alitas doradas y con mucha salsa tabasco como para chuparse los dedos, todo tan deliciosamente barato, exquisito y mortal.

Manuel J. Tejada Loría

Mayo 2008

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