A propósito del frío


Salirme del silencio, tiritar. Ausente porque pienso en los muertos bajo el escombro del hambre, y en los que también el frío va dejando en calles donde nadie se atreve a mirar. ¿Qué hago aquí en esta habitación con las manos escondidas bajo los brazos? Afuera hay un silencio que lastima. Afuera hay una indiferencia que trepida por los huesos de quienes tienen por abrigo la noche. Para conocer al frío hay que salir y mirarlo de frente.

Nuestra Mérida

El candidato alza las manos y su equipo hace sonar los tambores. La algarabía en el escenario donde la fiesta dibuja sonrisas tan grandes como los reflectores que iluminan rostros verdaderamente convencidos de estar ahí. Pero del otro lado, los futuros electores –testigos incómodos de lo que se gesta– guardan un silencio incómodo mientras sus cuerpos tiemblan porque el termómetro marca 18 y a la baja.

Habla el candidato de nueva cuenta. Nadie lo conoce. Pero asegura que es tiempo de que la ciudad cambie, de que todas las calles de la colonia tengan luz. Alguien le dice que están en un fraccionamiento, pero los tambores de nuevo, y la algarabía, y el “viva, viva, sí se puede”.

Decía José Martí que un buen gobernante en América es el que sabe con qué elementos está hecho su país. “El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país”. Pero aquí, en este fraccionamiento sin luz y sin alcantarillado, con nomenclaturas fantasmas, en este momento sólo impera la alegría, y los tambores que resuenan junto con la voz del candidato. Alguien asegura que esto es algo más que ‘heladez’.

El respetable

Hay frío ¿no cree?… pregunta Julio a un compañero que recién llegaba a una cena importante. Pero aquel no responde. Adusto, sigue de largo hacia un grupo de personas –todos ellos inminentes empresarios– donde interrumpe el hermetismo de su rostro para mostrar una sonrisa y extender la mano. Calurosos saludos en esta noche donde el frío golpea los cristales intentando entrar.

Apretones de mano, susurros y chistes de ocasión. Julio observa al compañero –persona ciertamente respetable– moverse por todo el salón codeándose con directores, jefes, y por supuesto, el presidente de la compañía a quien con reverencia trata, con delicadeza dialoga. No será hasta que salude a todos los invitados ‘importantes’ que se acercará a Julio para extenderle la mano.

Hasta el saludo tiene extrañas jerarquías amparadas por la frialdad.

Bajo cero

Apostados como si de un paredón se tratara, más de treinta personas hacen fila a altas horas de la noche en las puertas de un edificio para un trámite administrativo. Lo que tranquilamente pudo efectuarse a lo largo de un año, hoy los mantiene ahí, con el frío aplastando sus sueños y convirtiendo sus dientes en castañuelas.

Al mismo tiempo un frío represor –semejante al silencio– invade cada milímetro de la ciudad. Será el frío. Será que el termómetro ya vive un trastorno inevitable. Pero bajo cero, el alma humana tirita de desolación.

Regresar a casa con el espanto en las costillas. Temblar. Y luego volver al silencio desde donde ahora –cómo El Grafógrafo– escribo que escribo.

Manuel J. Tejada Loría

19 de enero, 2010

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