Ellas se aman, ellos también


César y Ambrosio se besan amorosamente mientras esperan el café. Nadie los mira. Amparados por la soledad de la cocina refrendan el cariño y la amistad que por tantos años se han profesado. También el deseo. Celebran que en el Código Civil de la ciudad de México el matrimonio se defina ahora como la unión libre de dos personas y no entre un hombre y una mujer de manera exclusiva, como si sólo entre ellos –entre un hombre y una mujer– el amor fuera posible.

Teresa y Romina llevan viviendo juntas más de once años. Todos los días se encuentran después del trabajo en la estación del metro para regresar juntas a casa, el hogar que ambas comparten, pacto íntimo de fidelidad y sedición. Todavía, cuando al encontrarse se dan un beso en los labios, habrán personas –como las ha habido hoy– que las mirarán con morbo y desdén. No faltará quien, cuando de la mano caminen por los andenes, haga bromas y entrecruce los dedos de las manos simulando el roce de un par de piernas.

Juan y Soledad cumplen mañana 13 años de casados, fatídico número. Soledad tiene 5 meses de su segundo embarazo y cada 20 días consulta en la clínica del IMSS número 053, en el mismo consultorio donde Ximena, la concubina de su esposo, también acude a sus revisiones médicas. Juan piensa que tener dos mujeres es algo complicado económicamente hablando, pero gratificante de algún modo. De cualquier manera, el Estado le ayuda con ambas y eso ya es ganancia.

Romina no podría decir lo mismo. Cuando el año pasado a Teresa le fue detectado un quiste ella no pudo ofrecerle el seguro médico que a su pareja le corresponde por “derecho”, uno: porque no son un matrimonio, y dos: porque la pareja del trabajador o de la trabajadora tiene que ser del sexo opuesto. Entonces hubo que hacer unos ajustes financieros para pagar la clínica particular. Así perdieron el Dodge 86.

Ambrosio tuvo un sueño: prepara unas crepas para César y Juliancito, el pequeño que adoptaron. Es el primer día de clases y ambos lo llevarán hasta el kínder. Julián es feliz, su pareja también. Luego caminan de la mano con su hijo hacia la puerta del salón de clase, y de pronto las miradas incómodas, comenzando por la profesora. Algunos dedos índices sobre ellos, muchos. Cuchicheos. Bromas de  mal gusto. Alguien incluso ha pedido hablar con el director. Ambrosio abre los ojos agitado, casi entre lágrimas. Es madrugada y se apura a despertar a César quien a su lado duerme. “Creo que mejor no vamos a adoptar” le dice, y se echa a llorar en el regazo de su pareja como un niño.

En la Asamblea Legislativa del DF hay júbilo y celebración. Algunos diputados desvían la mirada ante un grupo de personas que celebra con besos y abrazos. Hay preocupación en los legisladores. ¿Y la iglesia? Ya le están hablando a Monseñor. Este es un precedente para América Latina, dice alguno. Es, hay que decirlo, una victoria política sobre todo. ¿Pero el IMSS reconocerá estas uniones?… Silencio.

¿Me amas, Teresa? ¿Me amas, César? ¿Por qué entonces tanta complicación?

Manuel J. Tejada Loría

26 de diciembre, 2009

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