Jo jo jo jó


a G.B., con afecto

Santa –no la de Federico Gamboa– está triste. No ha querido comer, dormir, ni trabajar, por eso ha ido a terapia con un reconocido especialista de crecidas y níveas barbas. Él, a diferencia de otros, no quiere matar a nadie ni se siente perseguido. Sólo está triste, ensimismado, con el pensamiento hecho una madeja de voces y silencios.

En el diván, mirando las sombras dibujadas en el techo del consultorio, con las manos entrelazadas sobre la enorme barriga y con una ansiedad que el movimiento de las botas hace evidente, suspira larga, ruidosamente. El doctor, frente a él, lo observa encantado, y ya quisiera documentar cada respiro, cada guiño lacrimógeno de este rechoncho personaje en el cual alguna vez creyó y ahora, de la nada, ha aparecido muchos años después para pedirle ayuda. También el siquiatra se siente confundido, pero disimula.

No hablará hasta que el paciente de rojo lo haga. Hay mucho silencio. Santa pregunta si tiene que estar acostado. El doctor dice que no, que puede sentarse en el sofá de enfrente. Santa, ahora sin preguntar, saca unos cigarros y comienza a fumar mientras el doctor apura un cenicero. Así transcurrirán veinte minutos hasta que el hielo se rompe.

“Es que cómo carajos, después de tantos años, precisamente en este siglo XXI vengo a cuestionarme si esto es realmente lo que debo hacer… yo que tantas veces ignoré este cruel sentimiento aferrándome a la esperanza que reflejo en millones de personas que sonríen al verme, ya sea por la navidad, ya sea por esta panza caguamera, ya sea también porque siempre me sentí feliz o al menos lo creía… ahora esto”. Y enciende un segundo cigarro mientras con dificultad cruza la pierna.

El doctor responde, claro, preciso, exacto. Dialogan por espacio de veinte minutos más hasta que la sesión finaliza. “Usted, estimado Santa, lo que tiene es una depresión grave, no alarmante, pero sí será necesario tratarla con medicamento y terapia si así lo desea. Debe tomarse 40 mg de esto por las mañanas antes del desayuno, de esto otro por las tardes, y es muy importante que una vez realizada la primera toma usted se olvide –al menos durante el período de tratamiento– de conducir cualquier vehículo, incluyendo el trineo”.

Una semana después, Santa de nuevo en el sofá: “… y ahora llego a las casas para encontrarme con telegramas en vez de cartas sin ningún saludo o muestra de afecto o preocupación por mí, como si yo fuera una máquina expendedora de regalos… ¿esta es la modernidad, doctor, esta deshumanización? ¿qué sucede con los niños que nunca han escrito una carta porque no saben escribir o porque tienen que estar todo el día vendiendo artesanías, pulseras de estambre o dulces? ¿Cómo chingados me pongo el gorro ante semejante realidad? ¿Cómo hago sonar los cascabeles de la ilusión cuando el hambre todo el año suena, y grita, y calla?…

“Hay días en que quiero dejarlo todo y no hablo de la vida. Dejar este traje, estas botas, este cinturón, quitarme sobre todo las barbas que estúpidamente he dejado crecer junto a mi ceguera. Dejar de ser parte de este artificio… Tal vez debería dejar ir a los enanos y a los duendes, que Rodolfo corra libre por los bosques, cerrar la fábrica de juguetes porque después de todo la felicidad está en otra parte.

“Y quizá debería darle un beso a mi señora por el sólo hecho de estar vivo, porque todavía me acompaña y me soporta las verborreas cotidianas… o qué piensa, doctor, ¿ya me he quedado loco?”.

El psiquiatra alza la manga de la camisa para ver la hora en el reloj de pulso dando por entendido que la sesión ha llegado a su fin. Sonriente, apacible como sólo él, alcanza a responder antes de levantarse: ¿Y por qué no lo ha hecho?

Manuel J. Tejada Loría

Viernes 25, diciembre 2009

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