No me consta


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Otra vez la muerte, el silencio, los sollozos. Ahí en los funerales, terreno baldío, tierra de nadie, donde todos nos olvidamos por un momento de cualquier diferencia, de cualquier desdén. Cuando “Ida” apenas era un conato de incendio, debiera decir tormenta y hacia el Canal de Yucatán se dirigía, ella murió. Una mujer que no conocí pero que estuvo cerca de mi madre hace ya tantos años. Ella se fue.

Fue la muerte, fueron los años vividos, fue otro fin de semana que quisimos huir del delirio, de tantas mentiras, de los ejecutados por el narco lejos, pero cerca la violencia, el cinismo, el juego de palabras sin sentido. Hago un silencio porque esa tarde llovía. Hago un silencio por los días que se van. Y Calderón absurdamente diciendo que la crisis financiera ya pasó.

Se llamaba Bartola. Mi padre la recuerda cuando de joven visitaba a mi madre y ella, tímida, lo recibía con la amabilidad que es de pocos. Todo esto platicamos en la mesa cuando es lunes y el almuerzo es gris como la tarde. Escucho –y no sería la primera vez– que las personas durante su agonía vuelven a ver a sus seres queridos que han fallecido e incluso hablan con ellos.

Santana, un amigo de la familia, una mañana antes de morir dijo que durante la noche había regresado con los chicleros. Todo esto se dice, todo esto se cuenta durante los funerales. A veces pienso que es una manera de suavizar el dolor que en nosotros deja la ausencia de quien se ha ido, una necesidad para creer que quien se fue lo ha hecho en completa paz.

Pero también sé que lo que menos se agota son las extensas posibilidades. Que nadie hasta hoy puede decirnos esto sí pasa, esto otro no. Quién sabe, no me consta pero puede ocurrir que otra vez miremos a quienes quisimos, a quienes amamos tanto para darles de nuevo un abrazo y ellos a nosotros una cordial bienvenida. No me consta, quiero creer, quiero escribir esperanza.

Hay un silencio inusual en esta casa. En la timidez de la tarde que se esconde recuerdo aquellos versos de Cesare Pavese y sé entonces que las palabras no serán suficientes. Tal vez habrá que esperar a que la muerte venga y nos mire de frente… pero sólo tal vez, no me consta.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

esta muerte que nos acompaña

desde el alba hasta la noche, insomne,

sorda, como un viejo remordimiento

o un absurdo defecto. Tus ojos

serán una palabra inútil,

un grito callado, un silencio.

Así los ves cada mañana

cuando sola te inclinas

ante el espejo. Oh, amada esperanza,

aquel día sabremos, también,

que eres la vida y eres la nada.

Para todos tiene la muerte una mirada.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.

Será como dejar un vicio,

como ver en el espejo

asomar un rostro muerto,

como escuchar un labio ya cerrado.

Mudos, descenderemos al abismo.

Manuel J. Tejada Loría

Martes 10 de noviembre 2009

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