Mérida sin acento

Más allá de los elocuentes discursos, o la proyección en medios de comunicación, es necesario que los gobiernos, en todos sus niveles, garanticen con acciones el bienestar ciudadano. A estas alturas, pocos sectores de la sociedad ignoran la incongruencia entre lo que se dice (o en todo caso se anuncia con bombo y platillo), y se hace; por el contrario, cada vez son más recurrentes las demandas públicas que llaman a una significativa acción de las autoridades.

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No toda la responsabilidad debe caer en manos de las instancias gubernamentales. La participación ciudadana es parte trascendental para el buen desarrollo de cualquier nación, estado o ciudad, desde luego, acompañado siempre de una cobertura puntual de las necesidades sociales.

La ciudad de Mérida emprendió desde hace más de una década, un cambio sustancial en su fisonomía. Crece y se amplifica más allá de sus conocidos límites. Miles de vehículos y peatones la transitan diariamente, y muchos más buscan un lugar idóneo para vivir. Se perfila, en pocas palabras, para convertirse en una gran urbe de la región Sureste.

La actual administración en el Ayuntamiento de Mérida ha innovado algunos aspectos, pero ha descuidado muchos más. Entre los nuevos servicios, por ejemplo, se anuncian y ofrecen visitas médicas a personas de la tercera edad, pero por otro, la infraestructura vial presenta una cantidad importante de baches y deterioros como no se había visto antes.

Es cierto, existen opciones (un teléfono y página de internet) para reportar estos hoyos en el asfalto con el objetivo de que sean reparados, y en este sentido, le corresponde a los ciudadanos realizar los reportes, sin embargo, no siempre las personas están al tanto de estas posibilidades, y las autoridades, parecen desviar su atención de este problema que sin duda genera costosas pérdidas a quienes transitan con algún vehículo, así como el peligro que representa para la vialidad.

Decía que parece que cuando los ciudadanos no levantan la voz, las autoridades prefieren bajar la cabeza y pasar desapercibidos, no actuar como tendrían. Es el triste caso de la basura acumulada sobre la calle 72 o Av. Reforma en su cruce con la Av. Cupules, justo detrás del busto de Eligio Ancona y frente al Asilo Celarain. Desde hace varias semanas, sobre el camellón que divide la avenida, se encuentran depositados restos de basura sólida, tales como carcazas de televisores viejos, una silla de inodoro y otras basuras en detrimento de la salud pública y la imagen de la Ciudad.

¿Qué clase de ciudadanos son capaces de dejar la basura en plena calle y sobre todo en avenidas como Reforma? Si no me equivoco, por esa arteria transita el autobús que realiza paseos turísticos por la Ciudad, hay viviendas y un asilo para personas de la tercera edad. Pero, sobre todo, ¿qué autoridad municipal ha permitido que esta irregularidad persista tanto tiempo? ¿Por qué tanta demora en limpiar una de las avenidas más transitadas?

Por eso a veces hay que recibir con cierta precaución los anunciados logros y avances de la Ciudad. Por un lado, sabemos que como ciudadanos aún nos hace falta tener una mayor responsabilidad y participación positiva. Por otro, y en lo que concierne a la administración municipal, el ciudadano de a pie, conoce y sabe que más allá de las coloridas letras de la Ciudad que ahora adornan la plaza grande, hay carencias y demoras en los servicios públicos que aún no permiten que Mérida sea una ciudad moderna y equitativa para todos. Como si le faltara un acento a su nombre. Como si lo que menos importara hoy fuera un servicio público de calidad.

Artículo publicado el 30/08/2016 en Por Esto! http://goo.gl/6Zb4au

Escribir mata

14172027_287187624987488_962381973_nSobre los cuarenta, uno toma nuevas conciencias, tal vez un poco tardías. Como la expectativa de vida en este país no es tan alta, puedo afirmar que me encuentro a la mitad del camino recorrido. “Mal recorrido”, dirán quienes me conocen. Lo cierto es que no volvería atrás ni medio paso. En esto pienso mientras el especialista pide amablemente que me descamise y recueste sobre un camastro tan frío que me cala los huesos. Todo tan aséptico, tan esterilizado, olor único el del servicio médico, esas lámparas de tungsteno que dejan todo tan pálido como una hoja en blanco. Un enfermero indaga si mis costillas en verdad siguen ahí, me depila un poco. Luego conecta sin delicadeza los electrodos a mis espacios intercostales. El electrodo es como una mordida que se aferra a la piel, una mordida fría; desde ahí, se miden las señales eléctricas del corazón.

El rostro descompuesto del doctor, más que sorprenderme, me aturde. Se palpa la barbilla, acerca la cara a la pantalla donde picos se dibujan y desdibujan. Muy bien, lo que su rostro intenta decirme es que algo anda mal. Lo sé. Mi preocupación, no obstante, era que descubrieran lo que traigo atravesado en el corazón. Que un párrafo de lo que suelo escribir apareciera ocupando los ventrículos, o un verso estuviera rondando todas las cavidades, deslizándose (hasta donde se pueda) por la aorta y demás venas por donde pujante, la sangre se esparce hacia todo el cuerpo. Al menos eso creía, y ese era, en efecto, mi miedo: la ridícula obscenidad de que me diagnosticaran un mal por tanta imaginación y escritura.

Uno no se enferma por escribir: vamos, por el acto físico de escribir. Lo que sí, desde que escribo, fumo y mucho. Fumar y escribir se ha vuelto parte de un ritual necesario, como si el olor del tabaco propiciara el mejor entorno, como si el humo alineara los astros para la escritura. Y no sólo eso. Servirse tazas de café, una tras otra, y platos de pan y galletas, cierran la tríada perfecta para conformar un hábito que sin duda violenta la salud más apacible. Aunque la mía no era tanto.

Atravieso los ojales con los botones de la camisa mientras el especialista, con el rostro muy desencajado, saca un corazón de plástico del tamaño de una pelota de futbol. Lo desarma frente a mí. Me explica el recorrido de la sangre, la dispersión, la actividad eléctrica y todos los procesos que facilitan la diástole y la sístole; y entonces, escuche bien, “si de inmediato no acaba con sus hábitos puede derivar en un grave problema neuro cerebral que incluso podrían llevarlo a la muerte”.

No dejaba de observar ese corazón plástico, de asomarme a la forma ahuecada de sus cavidades. ¿Cómo era posible que sentimientos como el amor, se asocien a este amasijo de músculo, venas y vacíos? ¿Quién tuvo la idea de representarlo con este músculo convulso envuelto de adiposidades y ramificaciones varicosas? Reparo, entonces, en la voz del médico, en la palabra “muerte”.

No deja de ser extraño, paradójico quizá. Días atrás publiqué un cuento que precisamente terminaba así, con el protagonista reconociéndose como un fumador contumaz, tomando conciencia de que el día menos pensado iba a morirse. Y días después, como si hubiera escrito también mi vida, me encontraba frente al cardiólogo con la disyuntiva de abandonar de una vez por todas, este hábito de la escritura (con todo lo que para mí conlleva), o seguir viviendo.

Y bueno, aquí seguimos.

Publicado el 26/05/2016, en Por Esto! sección Cultura: http://goo.gl/yOqEiK