Escribir mata

14172027_287187624987488_962381973_nSobre los cuarenta, uno toma nuevas conciencias, tal vez un poco tardías. Como la expectativa de vida en este país no es tan alta, puedo afirmar que me encuentro a la mitad del camino recorrido. “Mal recorrido”, dirán quienes me conocen. Lo cierto es que no volvería atrás ni medio paso. En esto pienso mientras el especialista pide amablemente que me descamise y recueste sobre un camastro tan frío que me cala los huesos. Todo tan aséptico, tan esterilizado, olor único el del servicio médico, esas lámparas de tungsteno que dejan todo tan pálido como una hoja en blanco. Un enfermero indaga si mis costillas en verdad siguen ahí, me depila un poco. Luego conecta sin delicadeza los electrodos a mis espacios intercostales. El electrodo es como una mordida que se aferra a la piel, una mordida fría; desde ahí, se miden las señales eléctricas del corazón.

El rostro descompuesto del doctor, más que sorprenderme, me aturde. Se palpa la barbilla, acerca la cara a la pantalla donde picos se dibujan y desdibujan. Muy bien, lo que su rostro intenta decirme es que algo anda mal. Lo sé. Mi preocupación, no obstante, era que descubrieran lo que traigo atravesado en el corazón. Que un párrafo de lo que suelo escribir apareciera ocupando los ventrículos, o un verso estuviera rondando todas las cavidades, deslizándose (hasta donde se pueda) por la aorta y demás venas por donde pujante, la sangre se esparce hacia todo el cuerpo. Al menos eso creía, y ese era, en efecto, mi miedo: la ridícula obscenidad de que me diagnosticaran un mal por tanta imaginación y escritura.

Uno no se enferma por escribir: vamos, por el acto físico de escribir. Lo que sí, desde que escribo, fumo y mucho. Fumar y escribir se ha vuelto parte de un ritual necesario, como si el olor del tabaco propiciara el mejor entorno, como si el humo alineara los astros para la escritura. Y no sólo eso. Servirse tazas de café, una tras otra, y platos de pan y galletas, cierran la tríada perfecta para conformar un hábito que sin duda violenta la salud más apacible. Aunque la mía no era tanto.

Atravieso los ojales con los botones de la camisa mientras el especialista, con el rostro muy desencajado, saca un corazón de plástico del tamaño de una pelota de futbol. Lo desarma frente a mí. Me explica el recorrido de la sangre, la dispersión, la actividad eléctrica y todos los procesos que facilitan la diástole y la sístole; y entonces, escuche bien, “si de inmediato no acaba con sus hábitos puede derivar en un grave problema neuro cerebral que incluso podrían llevarlo a la muerte”.

No dejaba de observar ese corazón plástico, de asomarme a la forma ahuecada de sus cavidades. ¿Cómo era posible que sentimientos como el amor, se asocien a este amasijo de músculo, venas y vacíos? ¿Quién tuvo la idea de representarlo con este músculo convulso envuelto de adiposidades y ramificaciones varicosas? Reparo, entonces, en la voz del médico, en la palabra “muerte”.

No deja de ser extraño, paradójico quizá. Días atrás publiqué un cuento que precisamente terminaba así, con el protagonista reconociéndose como un fumador contumaz, tomando conciencia de que el día menos pensado iba a morirse. Y días después, como si hubiera escrito también mi vida, me encontraba frente al cardiólogo con la disyuntiva de abandonar de una vez por todas, este hábito de la escritura (con todo lo que para mí conlleva), o seguir viviendo.

Y bueno, aquí seguimos.

Publicado el 26/05/2016, en Por Esto! sección Cultura: http://goo.gl/yOqEiK

Muerte lenta

IMG-20160816-WA0003Que sea viernes, a veces, no dice nada. Hay fines de semana donde el trabajo sigue, continúa como parte de la rutina. Entonces que sea viernes, no dice mucho. Más bien sigue, otro día más. Reparo en la voz de alguien que dice Ya no fumes más. Pero yo fumo, inútilmente, mortalmente; yo sé, fumo para deshacer esta línea por donde transito, procaz.

Hay que ir más despacio.

Con el pulgar, oprimo el botón que permite la salida del gas, y giro, en un mismo movimiento, la piedra que hace la chispa. Surge el fuego con una facilidad insospechada. Lo que milenios atrás fue una tarea titánica, ahora, en un segundo, y el fuego es posible. Con el cigarro entre los labios, acerco el extremo a la nutricia llama que todo lo enciende. Y absorbo, una breve aspiración interna que envuelve la lengua y la cavidad de la boca de humo abarcador. Chispea la punta del cigarro como en mí la certeza de una muerte lenta, dolorosa también, porque hay madrugadas tan frías donde la humedad desciende hasta mis alveolos revolcándolos de dolor hasta el punto de hacerme toser. Y toso, en efecto, imparable, desde mi cama, sacudiéndome abruptamente, fingiendo ver en la oscuridad, y jurándome que debo soltarlo ya, el asfixiante cigarro, esta muerte lenta. Y en esos pensamientos, en esas veleidades prometidas al vacío, es que nuevamente, agotado, vuelvo al sueño, al cansancio, con un dolor estático en el centro del pecho, con un remordimiento que antes de perder la razón, huele a resignación.

Entonces será que al despertar finjo lo soñado y lo vivido la noche atrás. Voy al retrete y mientras de reojo miro mi desordenada figura, repaso los pendientes del día en la oficina. El mismo pensamiento permanecerá frente al tazón del cereal, bajo el chorro tibio de la regadera, frente al espejo mientras atravieso los ojales de la camisa, ante el semáforo en rojo, mientras camino por los pasillos de la oficina saludando con amabilidad, Buenos días, Qué tal, Cómo va todo, y asiento el pulgar en el lector electrónico para registrar mi entrada.

Chispea la punta del cigarro. Una bocanada más. Alguien saluda a lo lejos, pero mi pensamiento no está aquí. He repetido esta rutina los últimos veinte años de mi vida. Soy un fumador contumaz y he de morirme el día menos pensado.

Publicado en POR ESTO! el martes 16 de agosto de 2016: http://goo.gl/reAi7Y