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I

Este post

esta palabra tuya

este desborde de sentimiento, la falta de tilde,

la kú sola, la té sin vocal,

el signo de interrogación que nunca abre

el desatinado comienzo en minúscula

y un cierre, que disculpa,

pero no es final, y mucho menos cierre

sino prolongación de la estulticia

la baba chiclosa que yoyea,

como un yo-yo, como un

doblemente YO que hace las cosas menos

curiosas, acaso volátiles,

como un laik que de la nada brota

que de la nada existe a condición

de preservar la presencia

en lo virtual, es decir:

 

I.1

un pulgar hacia arriba

pegada a un puño,

a una mano,

a un brazo,

a un cuerpo

es la prolongación de lo real

pero nada es implícito

nada es tácito

 

I.2

es la simulación lo que nos conecta

lo que nos ampara

detrás de un pixel

de un 1, un 0,

de una secuencia de algo/ritmos

ritmos de una pulsación eléctrica

como alguna vez

 

 

II

y decía,

sólo prolonga, regurgita

regurgita

regurgita

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El privilegio de contar. Entrevista con Joaquín Bestard Vázquez

Publicado el martes 11 de marzo de 2008

Página 1. Sección Cultura.

Diario POR ESTO!, Yucatán.

bestard

I

Hoy martes a las 19 horas, en el Salón del Consejo Universitario de la Universidad Autónoma de Yucatán, el escritor yucateco Joaquín Bestard Vázquez recibirá la distinción como Miembro Honorario de la Cátedra Extraordinaria Nuestra América con motivo de su larga trayectoria novelística pero sobre todo por la invaluable aportación de su obra narrativa a la cultura e identidad latinoamericanas.

El maestro Bestard Vázquez, nacido en 1935, lleva hasta la fecha más de 20 novelas publicadas así como un sinfín de cuentos, algunos de los cuales, han visto luz de manera inédita en las páginas del suplemento científico y cultural Unicornio y la sección de Cultura de este periódico.

El valor de su novela trasciende al regionalismo para encontrar su universalidad en temas de índole social, no obstante, su aporte al conocimiento y difusión de la Cultura Maya, han sido objeto de reconocimiento internacional.

El propio autor nos comenta: lo que he escrito sobre Yucatán es exactamente lo que pasó en toda Latinoamérica desde la Conquista, son los mismos problemas que hemos afrontado, las mismas guerras, la misma disparidad social…

La decisión de narrar este leitmotiv latinoamericano no fue al azar, detrás hubo un proceso de asimilación, de apreciación de las circunstancias. Don Joaquín Bestard viajó desde muy joven a la Ciudad de México para continuar con sus estudios en Ingeniería. Nunca pensé ser escritor cuando me fui a la capital, confiesa, no obstante el vínculo que ya tenía a través de la pintura con el arte lo iba a encaminar a un destino irreversible: la escritura.

Un plan sexenal

“¡Qué, te vas a volver escritor, ´tas loco Joaquín, despierta,´tas loco!”. A miles de metros de altura, en pleno vuelo de Mexicana de Aviación sobre el Valle de México, así fue la airada reacción de un compañero de trabajo de Joaquín Bestard cuando éste anunció que había decidido ser escritor.

Don Joaquín nos cuenta que el salto de la pintura a la escritura se dio por la necesidad de expresar otras cosas que el lienzo no le permitía. Nos cuenta en sus palabras: de repente sentía ciertos límites en la pintura, quizás el tamaño del cuadro, el color… en cambio, encontraba en la literatura más amplitud, más campo para poder hacer barbaridad y media.

Una noche que estaba trabajando en una compañía particular, en un décimo piso donde veía toda la Ciudad de México, me cuestioné: ¿qué hago en este banco haciendo trabajos de ingeniería en un restirador? yo no estoy para esto, yo quiero ser escritor, voy a ser escritor. Fue así que Don Joaquín comenzó un largo peregrinar hacia la escritura. Primero, confiesa que compró un par de libros de autores españoles que están hechos para aprender a escribir, pero advierte no sirvieron de nada. Luego, intentó relacionarse con algunos escritores, sin embargo, su juventud fue objeto de rechazo.

Encontré un amigo de mi edad, un gran poeta. Durante siete años nos dio un taller en su casa, nos reuníamos ahí desde la tarde hasta la madrugada tomando café y dale, dale, dale, y dale a nuestra escritura. A él le debo mucho porque no sólo dio consejos sobre la manera de escribir sino también de cómo debe ser un escritor, cómo debe enfrentar la soledad de este oficio (tema que se abordará en la segunda parte de esta entrevista).

Fue así que el joven Bestard dio inicio a una nueva faceta de su vida además de su carrera profesional. Con un trasfondo de mafias literarias concentradas en la capital del país, el recorrido parecía infranqueable, lúgubre para un Ingeniero que había decidido continuar su paso por el arte, después de la pintura, siendo novelista.

La disciplina aprendida en sus primeros contactos fue determinante. Su trabajo lo orilló a escribir por las noches aunque como él señala, las ideas se gestaban durante el día. Un escritor no lo es nada más en el momento cuando escribe, lo es las 24 horas. Así que era mientras trabajaba que las ideas venían a mi mente y las anotaba en cualquier papelito, incluso en boletos de camión.  

El panorama adverso al que tuvo que enfrentarse llevó al escritor en ciernes a concretar un plan de trabajo, y de vida a final de cuentas. Don Joaquín recuerda el año, 1961, porque fue el mismo cuando Nikita Kruschev presentó su plan sexenal para la Unión soviética. Ese día se dijo a sí mismo que si en los próximos seis años no escribía y publicaba una novela, su futuro como escritor se vería comprometido.

En 1966 la editorial Costa Amic publicó la primera novela de Joaquín Bestard Vázquez en la Ciudad de México. El título: Un tigre con ojos de jade.

carlosjoaquin.jpg

Resucitar a la novela

Cuenta Don Joaquín que la cercanía entre los novelistas de su generación con la de Carlos Fuentes ocasionó una lucha extraliteraria pero que a final de cuentas tenía que librarse desde la misma literatura. Las mafias establecidas crearon un muro de la ignominia, como él declara, que impedía los espacios propicios para la publicación de los jóvenes escritores.

A nosotros se nos negó ese privilegio de tener lugar. Carlos Fuentes, Juan Rulfo, José Luis Cuevas no dejaban pasar pero ni el aire, menos a nosotros que éramos la generación que le seguía. Entonces dijimos, “si no nos dejan pasar por arriba vamos a escarbar por abajo el muro de la ignominia”, como le llamamos. Y así pasamos por abajo…

A mí me tocó ver en la Ciudad de México el velorio y el sepelio por el Paseo de Reforma, desde del Palacio de Bellas Artes hasta un panteón que no recuerdo, de la muerte de la novela mexicana. Pusieron cuatro cirios y en medio, en una caja, la última novela de Carlos Fuentes; todos la velaron ahí, Juan García Ponce estuvo, también algunos políticos, todos velaron la novela y hasta ahí llegaba la literatura mexicana, “se había acabado” según ellos.

— ¿Quiénes mataron a la novela?

–  Ellos mismos, la asesinaron precisamente para que no siguiera viviendo, entonces nosotros teníamos que resucitar y crear un Frankestein que los espantara. De ahí que empezamos a crear un estilo a veces complicado incluso para el escritor porque no queríamos que cayeran los libros en manos de políticos u otras autoridades que censuraban. No había libertad de prensa en esa época. Cualquier frase podría malinterpretarse como en otros tiempos y además había un grupo que eran Las damas de las buenas concienciasque por ejemplo, un día descubrieron que Diana la cazadora estaba desnuda y pidieron que la bajaran y que le pusieran un traje. Después se dieron cuenta de que otras estatuas estaban en poses eróticas, y desaparecieron, quién sabe que hicieron de ellas.

— ¿Su generación, este grupo que ustedes conformaban, tenía algún nombre?

No, no quisimos. Éramos amigos, tallereábamos y hablábamos sobre cuestiones literarias, éramos enemigos de ir a tomar café, enemigos jurados de las drogas; el alcohol, a veces tomábamos las cervezas y nada más… éramos quizá un poco antisociales y demasiado socialistas, sin llegar a ser comunistas, pero sí teníamos idea de lo que íbamos a hacer y lo que íbamos a hacer era emprender un milagro, un verdadero milagro si cumplíamos nuestras metas.

— ¿Se cumplieron?

Si, yo creo que en todo lo cumplimos. Todos maduramos perfectamente y todos hicimos nuestra labor de tirar la muralla esa que nos habían puesto. Todos hicimos de nuestros lugares de origen, nuestra trinchera.

Joaquín Bestard Vázquez precisa, sin embargo, que en ningún momento su generación buscó que sus acciones fueran documentadas eso hubiera sido caer en lo mismo contra lo que luchamos, advierte. El compromiso que se fijaron, si bien fue una idea compartida de generación, más que nada era un compromiso personal de hacer literatura como el objetivo primordial de su quehacer literario. De ahí que de su primera publicación en 1966 a la fecha, siga publicando libros. El último, la novela Mujer, mujer divina, presentado en la primera semana de enero del 2008. Don Joaquín cuenta ya con 27 libros publicados, más de 300 cuentos, lo que hace un total de más de 20, 000 cuartillas según sus propias aproximaciones. No cabe duda que el tesón y la disciplina del novelista sobrepasó con creces el muro de la ignominia.

Luego de que las editoriales de México les pidieran crear la nueva novela urbana, que hablara sobre el Distrito Federal (Joaquín Bestard participó con “La calle que todos olvidan”) fue necesario un cambio.

Llegó un momento en que dijimosno se puede hacer nada aquí en México, hay que irnos a las provincias para empezar a escribir sobre ella y olvidarnos de la capital”.

Vinimos a nuestras provincias a crear la novela aquí y sobre todo para abrir talleres (todo el grupo a dado talleres en sus lugares de origen) con la idea de que el escritor ya no se tenga que ir a México para hacerse escritor. Esto porque de antes esa era la idea, el que no iba a la capital a respirar esmog no se volvía escritor. Entonces todos tenían que ir para ver si la mafia les hacía un huequito, les tiraba un huesito…

Detalla Don Joaquín que antes se decía que para ser universales había que hablar de la Ciudad de México, pero él aclara: lo universal se encuentra hasta en el pueblito más chico. Ahí está Gabriel García Márquez, ahí está Juan Rulfo como claros ejemplos.

(Continuará)